El cultivo pacífico de la tierra


Gabriele-Stiftung - Panorama in der Abendsonne

Para alcanzar nuevamente la unidad entre el hombre y la naturaleza, es imprescindible cambiar la forma en que llevamos a cabo nuestra producción agrícola. La agricultura rural de antaño se ha convertido en los últimos 50 años en una industria agraria violenta. No sólo es violenta respecto a los millones de vacas, cerdos y gallinas que ceba en condiciones brutales en los criaderos masivos de animales, tortura con los interminables viajes de los transportes de animales y descuartiza bajo los ensordecedores gritos de miedo de sus víctimas; ella es también violenta con la naturaleza y el paisaje rural, que anualmente sólo en Alemania trata con tres millones de toneladas de abonos artificiales y 31.000 toneladas de herbicidas. Todo lo que se interpone al concepto de explotación industrial de la naturaleza en trabajo a destajo, es víctima del mazazo químico: los pequeños seres microscópicos de la tierra, así como las luminosas flores del campo y las pintorescas hierbas de las tierras de labor, que en otro tiempo daban vida al paisaje, ofrecían protección a los animales y regalaban sombra a los frutos de la tierra así como a la tierra misma.

Sólo uno pocos sintieron que esa forma de economía antinatural a la larga no podía terminar bien. Los terrenos se agotaron; los monocultivos destrozaron el paisaje rural; las nubes amoniacales del estiércol que era vertido sobre los campos, se convirtieron en lluvia ácida. Como movimiento contrario a esto surgió la “agricultura ecológica”, que se ha propuesto tratar a los animales de forma “como corresponde a su especie” y quiere cultivar los frutos del campo de manera “ecológica”. Hasta ahora lo ha hecho en menos del 3% de toda la superficie agrícola utilizable de Alemania.

A los animales les va con este sistema algo mejor mientras están vivos: tienen más áreas de movimiento y no deben ser alimentados con los cadáveres de sus congéneres. También los campos han podido respirar algo más. Se les ha ahorrado el veneno químico. Sin embargo, el estiércol y los abonos líquidos son también aquí una carga para los campos. Y no sólo eso: hasta mediados de diciembre del año pasado, en el cultivo ecológico el abono de las tierras se llevó a cabo con harina de huesos y de sangre. Los compromisos se vengan ahora: estiércol y abonos líquidos en los campos, y harina de sangre en los abonos, son en “el tiempo de las vacas locas” factores de inseguridad que tampoco las etiquetas de “eco” (ecológico) y “bio” (biológico), por muy bonitas que sean, pueden hacer olvidar.

Cuando los agricultores que trabajan con la Fundación Gabriele comenzaron hace años con una agricultura sin el uso de animales de corral y sin estiércol ni abonos líquidos, lo hicieron en primera línea por amor y en beneficio de los animales, que ellos no querían matar. Sólo unos pocos intuyeron que muy pronto esto también sucedería en beneficio de los hombres: que este cultivo pacífico de cereales, frutas y verduras se convertiría en el punto angular de una producción de alimentos sanos. Las actualmente significativas palabras de “Libre de EEB” (Encefalopatía Espongiforme Bovina o enfermedad de las vacas locas) y “Libre de dioxina” todavía nadie las habría entendido en aquel entonces. Tampoco los conceptos “eco” y “bio” tenían todavía su significado actual.

Las metas de estos agricultores estaban puestas naturalmente desde el principio muy altas: para ellos se trata de la producción de alimentos sanos de primer orden, en total consonancia con la vida de la naturaleza. Nadie debe morir para ello, ni los animales en los establos o prados ni los seres microscópicos que viven en las capas de la superficie del suelo. Por ello no se emplean abonos químicos, pesticidas, estiércol o abonos líquidos. Se abona con sustancias naturales puras y minerales. En lo posible, el suelo es cuidadosamente removido, principalmente con una rastrilladora, en parte también arando de forma plana con un arado de dientes cortos. En el entorno de la Fundación Gabriele, y en conformidad con ella, se explotan hoy de esta manera alrededor de 1000 hectáreas de superficie de cultivo de cereales, verduras, frutas y hierbas, al margen sur de la región boscosa del Spessart, en la Baviera alemana.

Getreideähren im SonnenlichtPara el cultivo pacífico de la tierra, el suelo es un gran organismo vivo: Así como una persona necesita una pausa de descanso después de haber realizado su trabajo, también la tierra debe recuperarse después de una fase activa de rendimiento. Por eso la agricultura de los siglos pasados practicaba lo que se llama cultivo por amelgas trienales, o de barbecho, como base de su producción. Cereales, raíces y tubérculos (patatas, nabos, etc.) componían las dos primeras “amelgas” (o fajas de terreno para sembrar), la tercera era barbecho. El cultivo se realizaba cambiando los campos entre sí de forma regular, para evitar una exagerada utilización del suelo.

De modo similar sucede también hoy en el cultivo pacífico de la tierra: los terrenos son utilizados por la agricultura sólo dos años seguidos, en el tercer año permanecen yermos y recuperan nueva fuerza. En el tiempo de barbecho crecen hierbas y plantas, como por ejemplo alfalfa y manzanilla, para la regeneración natural del suelo, y están en actividad millones de pequeños seres microscópicos. Estos “digieren” las sustancias de maderas, hojas y paja para formar un humus rico en elementos nutritivos, y cuidan de que haya un suelo sano y fructífero. También para los animales ofrece la tierra en barbecho un espacio vital importante, en el que pueden vivir tranquilos todo un año, sin que tengan que ser molestados con los trabajos de siembra y cosecha o expulsados.
 



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